Reflexiones.
Cuando viajo, siento que con estas fotografías se crean souvenirs originales y muy personales de los sitios por donde he estado y que más me han gustado. Son recuerdos únicos y creados por mí misma. Y, aunque la fotografía no salga perfectamente encuadrada o completamente enfocada, realmente no me importa mucho.
Abrí Lightroom, arrastré todo y empecé. Una por una, año tras año, clasificando hasta llegar a unas 500 fotos. Después, con ayuda de ojos externos, bajé la selección a 56. Un número medio arbitrario, pero que se sentía suficiente. Y ahí apareció la siguiente pregunta: ¿cómo se arma un fotolibro?
Después de viajar mucho, siento que el sol de España brilla más que en otros lugares. Y se nota en las fotos.
Kodak lanza nuevas pelis y no estoy precisamente contento. Te explico el porqué en esta crítica sincera a una situación que empieza a molestar.
La fotografía analógica me transporta a otro tiempo, donde la vida tenía otros ritmos y prioridades. A un mundo donde vale más una imagen bella y con un sentido personal que cien imágenes mediocres que cumplen su función, pero no dicen nada especial.
Cuando hacemos click, materializamos mediante una foto la relación tan especial que se establece con el mundo en el plano afectivo. Es la comunión entre Kronos: el tiempo del antes y el después y Aión: el tiempo del placer donde el reloj desaparece… y de ahí surge el momento del disparo, como un pliegue entre ambos tiempos, que los griegos llamaban Kairós.
Si hoy la IA nos rodea y mucho es hecho por máquinas y robots, ¡por qué no al menos ser nosotros los que decidamos cómo tomar una foto!


Al digitalizar mis carretes, descubrí que estaba realizando un auténtico acto fotográfico, pues digitalizar cada encuadre, cada disparo de la película negativa, es tomar una fotografía del mismo negativo.