Ciudad: Torrelavega
Provincia: Cantabria
Horario: 15 de OCTUBRE · 19:30 h.
Lugar: Centro Nacional de Fotografía José Manuel Rotella. Sala de Conferencias. (Paseo Julio Hazeur 14 - Torrelavega)
Web: https://www.photoartfestival.es/piedad-isla/
¿Vidas invisibles? La imagen revelada de la mujer en el medio rural
15 de OCTUBRE · 19:30 h.
SARA DEL HOYO MAZA · Doctora Historia del Arte
Aproximarse a la realidad de las mujeres rurales en la España de los años cincuenta a setenta del siglo pasado exige superar la hipótesis de que sus historias fueron meras sombras borradas por el anonimato. Si hoy podemos articular un interrogante como «¿Vidas invisibles?» es, en buena medida, porque existió una mirada pionera como la de Piedad Isla capaz de recorrer los pueblos de la Montaña Palentina para detenerse frente a ellas, fijar su dignidad sobre el papel y devolverles conscientemente el lugar central que siempre ocuparon. En esos valles donde el tiempo parecía discurrir con un compás propio, la existencia cotidiana se tejía en un equilibrio constante entre la dureza del entorno, la sobrecarga del trabajo no reconocido y una profunda identidad comunitaria.
Para aprehender la dimensión exacta de aquella realidad resulta muy útil apelar a la noción de paisaje temporal. En el mundo rural de mediados del siglo XX, el paisaje no era una estampa inerte ni un mero decorado geográfico, sino un auténtico contexto habitado; una entidad viva construida por la presencia de las mujeres y por la convergencia de dos dimensiones del tiempo: el atmosférico y el cronológico.
Por un lado, el tiempo atmosférico, definido por la severa orografía de la alta montaña, las heladas prolongadas, la nieve y la dureza del viento, no funcionaba como un simple factor meteorológico, sino como un agente modelador de la existencia. Como se percibe en las instantáneas de Piedad Isla, la intemperie dejaba una huella física y visible en los cuerpos, las manos, las miradas y la piel de las mujeres. Sin embargo, lejos de ser víctimas pasivas del medio, eran ellas quienes habitaban, sostenían y dulcificaban ese clima adverso. Desde los espacios resguardados de la intimidad doméstica hasta las exigentes faenas en los prados, huertas y montes comunales, los cuerpos femeninos mantenían un diálogo ininterrumpido con la tierra, asegurando la reproducción de la vida cotidiana en condiciones a menudo inclementes.
Por otro lado, el tiempo cronológico avanzaba al ritmo recurrente, a veces lento y pesado, de las estaciones y el ciclo vital. Mientras los núcleos urbanos aceleraban sus procesos de industrialización y modernización, el campo parecía suspendido en una temporalidad propia. En esa continuidad, la existencia se articulaba alrededor de los acontecimientos comunitarios, pivotando en torno a las mujeres tanto el trabajo de subsistencia como la pervivencia de los ritos comunitarios: la infancia de las niñas, la ilusión de las novias, la solemnidad de las bodas, la devoción de la religiosidad popular o el luto silencioso de las viudas. En este devenir de los años cincuenta a los setenta, previo al paulatino abandono del campo y a la emigración hacia las ciudades, las mujeres actuaron como verdaderas guardianas del patrimonio inmaterial. Ellas hilaban la memoria colectiva, preservaban las tradiciones y mantenían vivas las raíces compartidas en el seno de la familia y el pueblo.
Además, la diversidad de roles que asumieron desmiente cualquier intento de simplificación. En aquel entramado rural y tal y como documenta vivamente Piedad Isla, las mujeres fueron a un tiempo pastoras trashumantes, lavanderas en ríos y rudimentarios lavaderos, costureras, dependientas, artesanas del hilado, agricultoras, ganaderas y cómplices en la limpieza y cuidado del monte. En sus manos convivían la fuerza indispensable para la faena pesada y la sensibilidad para el cuidado familiar. Incluso en gestos sutiles de soterrada autonomía, como la mujer que fuma («Encendiéndose un cigarrillo», 1964), la dependienta que posa orgullosa ante un variopinto catálogo de electrodomésticos («Campaña publicitaria en la tienda de Mundo Calderón», 1977) o aquellas que encontraron en las redes de la Sección Femenina y la Acción Católica una vía de socialización propia, se adivinaba la búsqueda de espacios de reafirmación personal en un contexto social y legal profundamente patriarcal.
Una lectura en clave feminista de este paisaje temporal revela que la «invisibilidad» de estas mujeres no era una condición intrínseca a sus vidas, sino la consecuencia de una mirada oficial y urbana que desvalorizó el trabajo reproductivo, de cuidado y de auxilio familiar de las féminas en el mundo rural. Aquellas mujeres no fueron espectadoras mudas de su época. Fueron el auténtico sostén económico, humano y emocional del territorio; rostros que, al salir a la luz en la obra de Piedad Isla, reclaman el lugar que por derecho les corresponde en nuestra memoria colectiva.

