Retratando a desconocidos: motivaciones, proceso y resultados

A menudo no me apetece salir a fotografiar a gente que no conozco. Me enfrento al rechazo, a veces pierdo el día entero y otras tantas vuelvo a casa sin hacer ni una sola foto. Encima, los precios de los carretes sólo suben. A pesar de eso, salgo siempre que tengo ocasión. Lo que empezó con un paseo para probar una cámara de formato medio y hacer unos retratos se ha convertido en una obsesión. No sé si este va a ser un proyecto de dos años o cincuenta, si siempre va a ser analógico o ni siquiera si tiene sentido. Lo que sé es que ahora mismo no puedo parar.

La cámara es lo único que me permite escudriñar la cara de un desconocido brutalmente en medio de la calle. Apenas unas pocas palabras y el objetivo está pegado a su nariz. Miro sus ojos, su boca, su frente y luego su cara entera y vuelvo a empezar. Espero a que pase algo mientras ellos miran al objetivo. Cuando creo que he dado con ello, aprieto el disparador y ya comienzo a imaginar el resultado. Hablamos un rato, les pregunto en qué piensan últimamente, algunos me devuelven la pregunta, unos se van rápido y otros quieren seguir hablando. Anoto su información de contacto para enviarles la foto cuando esté revelada y grabo una nota de voz para recordar la conversación. A por la siguiente foto.

Este proyecto es exclusivamente en película porque soy mejor retratista usando cámaras analógicas que digitales. He hecho fotografía deportiva en eventos de máximo nivel y adoro el enfoque automático ultrarrápido, dar notas a mis fotos y enviarlas en tiempo real, la medición de luz con tracking y no perderme el momento clave de la acción. No obstante, a la hora de retratar, estar limitado me ayuda a capturar ese extra que se le pide a quien fotografía a otros: unos lo llaman emoción, otros “quitar la máscara” o “ver más allá”. Estoy convencido de que si ejecutase el mismo proyecto con una cámara digital, el resultado sería una colección de fotos de pasaporte con más o menos gracia. La película me permite ser más estricto conmigo mismo y, muy a mi pesar, volver a casa con las manos vacías cuando hace falta. Esta ha sido una de las lecciones principales de mi proyecto más largo hasta la fecha: hay días perdidos. No se puede hacer nada; sólo volver a salir y seguir hablando con la gente, haciéndoles preguntas, acercándome con la cámara y no parar de fotografiar.

Lo bueno de un proyecto largo es que te permite reflexionar acerca de lo que estás haciendo una vez tras otra en momentos vitales distintos. Ha habido muchos cambios en mi vida desde el primer retrato y he ido estudiando las diferentes problemáticas. La principal es el sesgo inherente que se desprende de mi propia personalidad o manera de pensar y la de la gente con la que interactúo. La mayoría de la gente retratada es joven porque muy rápidamente aprendí que a partir de cierta edad, la respuesta siempre es un “no” o una mirada de pánico. El rechazo, por mucho que uno aprenda a lidiar con él, no es agradable. A pesar de eso, sigo intentando retratar a turistas chinos y ver qué cuentan, pero son sin lugar a dudas, con los que tengo la peor tasa de éxito. Otra preocupación es que a día de hoy el proyecto artístico no tiene dirección. ¿Estoy creando un registro de la gente que hay en Barcelona en esta década? ¿Estoy creando una colección meramente estética de fotos? ¿Cómo complementan las conversaciones con la gente sus retratos? ¿Necesita un buen retrato una explicación? ¿Es absurdo esperar dar con una respuesta concreta a estas preguntas que para nada lo son?

Retratar a casi doscientas cincuenta personas y ser rechazado por otras ciento y pico está siendo artísticamente muy estimulante. Además, me ha ayudado a sacar la cámara del centro del proceso creativo y que en su lugar lo ocupen los retratados. Porque más allá de cuestiones fotogrçaficas, he conocido a personas increíblemente interesantes, que han compartido ilusiones, ambiciones, consejos y recuerdos y han despertado un interés cada vez más profundo en los demás que expreso a través del retrato. Fotografiar a alguien implica decirle que importa, que por el motivo que sea, merece la pena conservarlo aunque sólo vayan a verlo unas pocas personas. Es también un minúsculo acto de valentía, porque a veces la gente pregunta “¿A mí? ¿Por qué?”, “Bueno, vale, ¿pero qué me ves?” o incluso “mmm, bueno, depende. ¿Para qué?” y la respuesta, como contaba más arriba, no la tengo clara. Eso choca brutalmente con la determinación y el sosiego con el que saludo a la gente.

Fotografiar a alguien también es poseerlo o reclamarlo, al menos un poco. “Ahora tengo un pedacito de tu vida. No te lo he robado, pero lo has compartido conmigo y ahí se queda, encallado en un negativo y un jpeg, listo para ser rememorado, que es lo más cercano que tenemos a revivirlo”. La atracción que se desprende de esa melancolía es particularmente intensa en el caso del retrato porque alimenta la imaginación y, años más tarde, las preguntas y las hipótesis. Es precisamente la capacidad del retrato de hacer que nos preguntemos cosas acerca de los que en ellos aparecen donde reside uno de sus mayores atractivos. Personalmente, es lo que me empuja a coger la cámara incluso cuando no tengo ganas y lo que ha tirado de este proyecto durante más de dos años.

Fran Ginot

Soy de Barcelona y llevo haciendo fotos en carrete desde 2011. Desde el primer momento, la película tuvo mucho más sentido para mí para fotografiar a mis amigos y mi familia y hacer álbumes. He hecho fotografía deportiva para medios internacionales en eventos europeos de máximo nivel. Desde hace dos años y medio fotografío y charlo con todo tipo de gente con la que me cruzo por la calle.

http://www.franginot.com
Siguiente
Siguiente

Cuando la Fotografía NO es un lujo