¿Qué tal responde una Agfapan 25 caducada más de treinta años?
Hay carretes que se compran para hacer fotografías y otros que, con el paso del tiempo, terminan convirtiéndose en pequeñas cápsulas del tiempo.
Este Agfapan 25, caducado en 1997, llevaba más de diez años esperando en mi frigorífico. Cada vez que pensaba en utilizarlo, acababa devolviéndolo a su sitio. Me daba demasiada pena gastarlo. No por su valor económico, sino por lo que representaba: una película de otra época que había sobrevivido más de treinta años.
Pero a finales de mayo surgió la ocasión perfecta.
Había subido a Sierra Nevada para fotografiar los espectaculares neveros que todavía permanecían en la montaña, una imagen poco habitual para esas fechas. La Hasselblad 500 CM, cargada con Ilford Pan F+, iba a ser la protagonista de aquella jornada. Sin embargo, en la mochila viajaba una segunda cámara por un motivo muy especial.
Era una Rollei 35 RF equipada con un Summilux 50 mm y cargada con aquella Agfapan 25 que llevaba años esperando su oportunidad.
Si os interesa conocer el reportaje completo sobre aquella jornada en Sierra Nevada y las fotografías realizadas con la Hasselblad 500 CM, podéis leerlo en este enlace.
Decidí exponer la película a 12 ASA y realizar todas las mediciones con un Lunasix F en modo de luz incidente. Desde que llegó a mis manos, había permanecido siempre refrigerada, aunque desconozco cómo fue conservada durante los casi veinte años anteriores. Esa incertidumbre hacía el experimento todavía más interesante.
Cuando vi el magnífico estado de la nieve, comprendí que había llegado el momento de dejar a un lado el romanticismo y averiguar de qué era capaz una película con más de treinta años de antigüedad. Las películas están hechas para fotografiar y no para permanecer olvidadas en un cajón o en un frigorífico.
Antes de cargar la cámara, abrí cuidadosamente la caja para conservarla junto con el chasis original. Mi sorpresa fue encontrar en su interior un pequeño folleto, parecido al prospecto de un medicamento, con toda la información técnica de la película, los tiempos de revelado y las recomendaciones del fabricante en varios idiomas. Evidentemente, también lo he guardado. Forma parte de la historia de este carrete.
Terminada la sesión llegó la siguiente incógnita: ¿cómo revelar un carrete con más de treinta años de antigüedad?
En el artículo anterior pedí sugerencias, aunque finalmente no recibí ninguna respuesta. Empecé entonces a buscar información en Internet y encontré multitud de recomendaciones, muchas de ellas, contradictorias. Cuanto más leía, más dudas tenía.
Fue entonces cuando decidí preguntarle a ChatGPT. Más que buscar una receta mágica, utilicé ChatGPT como un punto de partida para contrastar distintas opciones de revelado y comprender las ventajas e inconvenientes de cada una. Después de indicarle la película, su fecha de caducidad, el índice de exposición utilizado y los reveladores de los que disponía, me propuso varias alternativas. Todas estaban razonadas y explicaban los puntos fuertes y débiles de cada revelador para una película tan antigua.
Su principal recomendación fue evitar un revelado desatendido, ya que el velo propio de una película con tantos años podría incrementarse.
Las opciones fueron las siguientes:
HC-110 (dilución H, 1+63)
10-12 minutos a 20 °C.
Muy buen control del velo.
Negativos equilibrados con película antigua.
Rodinal 1+50
8-9 minutos a 20°C.
Excelente acutancia.
Mayor riesgo de hacer más visible el velo y el grano.
Adox Atomal 49
Revelador fino y compensador.
Muy apropiado para emulsiones lentas.
Buena alternativa si buscaba un negativo más suave.
Finalmente opté por el HC-110 en dilución H (1+63) durante 12 minutos a 20°C.
El resultado es el que podéis ver en las fotografías que acompañan este artículo.
Sí, el negativo presenta un velo considerable. Viéndolo ahora, probablemente habría sido mejor reducir el tiempo de revelado a diez minutos. Aun así, una vez digitalizados los negativos y aplicando una edición muy ligera, el resultado me ha sorprendido gratamente. Después de treinta y dos años desde su fecha de caducidad, la película todavía era capaz de ofrecer imágenes perfectamente utilizables.
La siguiente prueba será mucho más interesante: comprobar cómo responden estos negativos en el cuarto oscuro. Ahí será donde realmente pueda valorar si ese velo supone un problema importante o si simplemente forma parte del carácter de esta vieja emulsión.
En los últimos años parece haberse puesto de moda utilizar carretes extremadamente caducados, especialmente en color. Personalmente, nunca he terminado de entender esa tendencia. Las películas actuales ofrecen una calidad extraordinaria; basta pensar en una Kodak Portra 400 o incluso en una Gold 200.
Pero también es cierto que hay algo enormemente atractivo en enfrentarse a lo desconocido. Cada carrete caducado es una incógnita y cada negativo es una sorpresa. En el frigorífico todavía descansan dos rollos Fuji en formato 120, también caducados a principios de los años noventa, además de un Agfapan 400. Tarde o temprano, también les llegará su momento. El momento perfecto no aparece por sí solo; hay que salir a buscarlo.
Quizá la mayor enseñanza de esta experiencia no sea cómo revelar correctamente una Agfapan 25 con más de treinta años de antigüedad. Tal vez sea recordar que las películas están hechas para fotografiar y no para permanecer olvidadas en un cajón o en un frigorífico.
Durante años conservé este carrete por puro romanticismo, esperando una ocasión especial que nunca terminaba de llegar. Cuando por fin decidí cargarlo en la cámara comprendí que, en realidad, llevaba demasiado tiempo esperando.
No sé si Sierra Nevada era el escenario ideal para gastar esta película. Lo que sí sé es que, si hubiera seguido aguardando la ocasión perfecta, probablemente todavía seguiría en el frigorífico.
El resultado no ha sido perfecto. El velo forma parte de la historia de esta emulsión y quizá también de su encanto. Sin embargo, la satisfacción de haber dado vida a una película que llevaba más de treinta años esperando ha compensado con creces cualquier imperfección. Porque, al fin y al cabo, eso es también la fotografía química: aceptar que no siempre podemos controlarlo todo y disfrutar del proceso tanto como de la imagen final.
Hasta la próxima fotografía.

