Herbario para ángeles rotos

Alquimia doméstica y mística vegetal en analógico

Este proyecto nace del mero acto de crear. No hubo encargo, ni plan previo, ni expectativa de resultado. Solo la necesidad de despejar la mente y el alma a través de un gesto físico: fotografiar, intervenir, dejar que la materia hablara.

Lo realicé en Hita, en la casa de campo de mi tía. El jardín es un lugar suspendido, casi intacto, habitado por esculturas de piedra erosionadas y flores que todavía respiran con una fragilidad luminosa. Desde el principio quise provocar un diálogo entre lo inerte y lo vivo, entre el mármol y el pétalo, entre lo que permanece y lo que inevitablemente se marchita.

Pero no quería que ese diálogo fuera solo simbólico. Quería que ocurriera también en la propia materia de la imagen.

La film soup como ritual

Decidí intervenir el carrete antes incluso de exponerlo. Utilicé un Lomochrome Color ‘92 Sunkissed y lo sumergí en una film soup: una técnica experimental que consiste en bañar la película en distintos líquidos para alterar químicamente su emulsión.

La mezcla que preparé no fue arbitraria. Utilicé tierra, hojas y aceitunas del propio jardín, whisky, café, jabón, sal y agua hirviendo. Fue una especie de alquimia doméstica, casi un ritual. Me interesaba que el paisaje entrara físicamente en la película antes de ser fotografiado. Que no fuera solo representación, sino contaminación, contacto, herida.

La film soup estuvo preparada durante 4:30h, luego la aclaré con agua fría 3 o 4 veces y dejé secar durante una semana en arroz.

Cada elemento de la mezcla tuvo su papel:

La tierra y las hojas aportaron partículas orgánicas que podían dejar sedimentos, manchas y microabrasiones.

Las aceitunas, cargadas de aceite y acidez, favorecieron alteraciones en la capa protectora.

El whisky y el café, por su composición alcohólica y sus pigmentos, introducen variaciones cromáticas y veladuras cálidas.

La sal puede cristalizar, generando texturas o marcas irregulares.

El jabón actúa como agente penetrante, ayudando a que los líquidos atraviesen la superficie.

El agua hirviendo acelera las reacciones químicas, dilata y tensiona la emulsión.

La emulsión —esa capa fotosensible de haluros de plata suspendidos en gelatina— es extremadamente delicada. Al exponerla a calor, alcohol, acidez y residuos orgánicos, su estructura se altera: aparecen fugas de color, halos, zonas desaturadas, bordes quemados, pequeñas heridas químicas. Nada es totalmente controlable. La imagen deja de ser solo óptica para convertirse en un registro físico de un proceso.

Me interesaba precisamente eso: que la película absorbiera el entorno antes de mirar.

El carácter del Lomochrome Color ‘92 Sunkissed

Elegí el Lomochrome Color ‘92 Sunkissed por su carácter ya de por sí evocador. Es un negativo en color con una paleta cálida, saturada y ligeramente nostálgica, inspirado en la estética cromática de los años noventa. Tiende a potenciar los tonos rojizos, dorados y rosados, con un grano visible pero agradable y una respuesta suave en altas luces.

En condiciones normales, este carrete ofrece contrastes moderados y una calidez envolvente. Pero al intervenirlo antes de exponerlo, esas cualidades se desestabilizan. Los rojos pueden volverse más intensos o sangrar hacia otras zonas; las sombras pueden teñirse de matices inesperados; los bordes pueden presentar combustiones de luz que recuerdan al sol filtrándose por una grieta.

La película no solo registra la escena: reacciona a ella.

Múltiples exposiciones: invocar el aliento

Trabajé con mi Canon EOS 5, aprovechando la posibilidad de realizar múltiples exposiciones en un mismo fotograma. En algunas imágenes superpuse hasta cuatro capas.

Mi intención era que las flores flotaran sobre los cuerpos de piedra, que las estatuas respiraran, que lo muerto pareciera soñar. Las superposiciones generan apariciones y transparencias: pétalos que atraviesan rostros de mármol, troncos que se funden con siluetas humanas esculpidas.

La técnica no busca confusión, sino coexistencia. Cada exposición añade un tiempo distinto al mismo espacio. La piedra —que simboliza permanencia— y la flor —que encarna lo efímero— comparten el mismo plano, el mismo instante químico.

Un herbario alterado

Llamé a la serie Herbario para ángeles rotos porque siento que funciona como un catálogo emocional de ofrendas. No son flores decorativas. Son flores que interceden.

Entre algunas fotografías, se encuentran estas dos como ejemplo:

En “Exvoto para la corteza”, sujeté en una rama un ramo de flores con un hilo invisible de nylon, para que quedara sobre un tronco herido con líquenes como si la madera pudiera escuchar. Aquí la ofrenda no es a un dios, sino a la materia. La emulsión, contaminada de tierra y whisky parece comprender el gesto: la imagen arde levemente en los bordes, como si recordara el hervor.

En “La estatua que aprendió a respirar”, dos exposiciones invocan un parpadeo. La piedra recibe la flor como quien recibe un secreto. El jardín ya no es fondo: es un fantasma que atraviesa el cuerpo mineral. La flor late. La estatua sueña.

Crear como limpieza

Este proyecto fue, ante todo, un gesto de reconciliación. Entre lo mineral y lo orgánico. Entre lo roto y lo bello. Entre el control técnico y el azar químico.

Intervenir el carrete fue aceptar la pérdida de dominio. Permitir que la materia decidiera parte del resultado. Que el jardín no solo apareciera en la imagen, sino que la habitara desde dentro.

Crear aquí fue una forma de limpiar.
De dejar que la materia hiciera su propio rezo.

Beatriz Tamarit Carabias

Me llamo Beatriz Tamarit Carabias, estudié Bellas Artes en la Escuela TAI y de unos años hasta ahora me he especializado en fotografía callejera analógica. En mi perfil encontrarás imágenes tomadas con distintos tipos de film y cámaras que elijo según el resultado que quiero.

https://www.instagram.com/the.golden.hour.girl/
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