La fotógrafa Hélène Roger-Viollet, protagonista de “Estás en mis ojos”, de Angélica Morales (editorial Destino, 2025)
La novela Estás en mis ojos habla de su historia, de la historia de un amor y de una fotógrafa pionera, de cómo el amor se convierte en odio, de cómo se ensucian con los años las lentes con las que miramos el mundo y empezamos a cambiar la belleza por la destrucción.
Hélène Roger-Viollet fue una pionera de la fotografía. Creció en el seno de una familia intelectual y burguesa de París. Su padre y su abuelo fueron fotógrafos, por lo que en ella se despertó el deseo de retratar el mundo desde su más tierna infancia.
A los doce años aprendió a revelar. También perdió en esa época a su madre y tuvo que convertirse en la cabeza de familia.
Por ese motivo, entró a la universidad de Periodismo cuando ya era una mujer adulta, pues no quiso abandonar a sus hermanas hasta que estas estuvieron casadas.
Intrépida, del tamaño de un botón y con un sentido del humor heredado de su padre Henri, Hélène pronto destacó en la universidad de Periodismo. Allá conoció a su compañero de vida, Jean Fisher.
Al terminar la carrera, ambos entraron a trabajar en un importante periódico de París como fotógrafos y redactores, siempre con su Rolleiflex colgada al cuello y con el olfato dispuesto para capturar las imágenes más impactantes y emotivas.
Su primera misión fue la de viajar hasta el Pirineo para escribir un artículo sobre las primeras vacaciones pagadas en Francia en el verano de 1936. Debían visitar lugares idílicos, pueblos y hoteles con encanto, promocionar las rutas e invitar a los lectores a gastar su tiempo y su dinero en el bienestar que proporcionan unas buenas vacaciones. Pero cuando llegaron a Andorra, Hélène se dio cuenta de que algo estaba pasando al otro lado de la frontera. Su instinto nunca fallaba. Vio a los primeros exiliados de la guerra y quiso saber lo que estaba ocurriendo. De modo que cruzó la frontera a pesar de que Jean Fisher no estaba por la labor. En cuando llegaron a La Seu d’Urgell, fotografío los estragos de la guerra. Hélène captó esas primeras imágenes de dolor y hambre, de desesperación, en una contienda que solo acababa de empezar. Su ojo animal disparó cientos de fotografías que después vendió a un buen precio a la prensa extranjera gracias a lo cual ambos fotógrafos lograron fama, prestigio y el dinero suficiente para montar su propia agencia fotográfica en París.
Hélène se convertía así en otra pionera, en la primera mujer en estar al frente de un negocio que tenía como finalidad alimentar de imágenes los diarios, las revistas, los diccionarios y también la cesión a otros fotógrafos.
Unió a su propio material, las colecciones de su padre y de su tío, y compraron la conocida tienda del señor Olivier, llena de objetos de arte, muebles, fotografías… Con todo el material que este disponía, fundaron la Agencia Roger-Viollet en la calle Rue de Sein, en el corazón de París. Hoy en día sigue existiendo, ya como centro cultural y de exposiciones, y puede visitarse.
La suerte les sonreía y la pareja viajaba a los confines del mundo en busca imágenes con las que poder contar a los lectores lo que estaba ocurriendo en el mundo, en esos lugares a los que la gente común no tenía acceso. Ese fue el gran cierto de su agencia, llegar a lo que no podía ser visto y hacer que todos los ojos se alimentasen con sus fotografías.
Sin duda, la mirada de Hélène es la mirada del siglo veinte. Todos los cambios políticos y sociales están ahí, en esos famosos archivos almacenados en las cajitas verdes: mares, océanos de fotografías que cualquiera podía adquirir o tomar prestados por un precio estipulado.
Hélène fotografió París como nunca nadie lo había hecho, su mirada llegó a todas sus cicatrices, supo capturar las costuras sentimentales de una ciudad que crecía y se dolía de amor y hambre durante la Segunda Guerra Mundial. Hélène estuvo allí para retratar todos sus rincones, sus viejos oficios, sus prostitutas, el dolor pequeñito de sus calles y los animales humanos que hacían de esta ciudad un lugar tan emblemático.
También son muchos los personajes famosos que desfilaron por sus ojos: Edith Piaf, Picasso, Dora Maar, Albert Camus, Alain Delon… Y la bohemia parisina, los intelectuales, los políticos, pero también aquellos seres anónimos que paseaban por el mundo su desventura; soldados, revolucionarios cubanos, africanos y asiáticos que luchaban por su libertad.
Su agencia fue un gran vientre donde el mundo paría a cada rato sus miserias y su belleza a partes iguales.
Siempre fotografías en blanco y negro porque Hélène aborrecía el color. Siempre sus cajitas verdes en vez de aquellos cacharros informáticos que almacenaban datos y que le parecía que en cualquier momento podían tragarse todo su trabajo y dejarla con las manos vacías.
Hélène y Jean Fisher fueron pareja desde jóvenes en la Universidad, pero no contrajeron matrimonio hasta que habían cumplido más de setenta años.
En los años 80, la decadencia llegó y la agencia empezó a quedarse atrás. Hélène se convirtió en una anciana de la noche a la mañana que ya no podía viajar ni retratar las cicatrices del mundo. Su mundo ahora era su viejo apartamento y el vídeo de una película de mosqueteros que habitaba el polvo y el olvido.
Como no habían tenido hijos, Hélène decidió cambiar su testamento y ceder todo su ingente patrimonio a la ciudad de París que tanto amaba. Jean Fisher quedaba así fuera de todo. Eso fue la gota que colmó el vaso. Tantos años aguantando ser un segundón porque Hélène brillaba allá donde iba, porque Hélène era inteligente, sabía cómo manejar los negocios, siempre iba un paso por delante, todos la adoraban y en cambio a él lo dejaban atrás y lo miraban con desprecio.
Jean Fischer se sintió durante toda su vida la sombra enjuta de la gran fotógrafa, esa mujer lince cuyo olfato los había sepultado a la fama.
Y ahora se quedaba sin nada. Solo tenía el rencor acumulado por los años y una tremenda ira que rugió como si fuera un animal enjaulado y que le hizo cometer aquel terrible crimen.
En enero de 1985, mientras Hélène estaba en casa bebiendo y escuchando una canción de Edith Piaf, Fischer la sorprendió y le llenó la garganta de barbitúricos, destrozó su cráneo con una barra de metal, la degolló y después la cosió a navajazos hasta que la sangre se llevó todo, se llevó el rencor y lo dejó temblando en un mar de oscuridad y culpa.
Cuando la policía lo encontró en la agencia, Jean tenía cortes en las muñecas y dijo que se habían intentado suicidar: “Yo la he ayudado a morir”, repitió y mostró sus heridas pequeñas, como si con eso pudiera justificar la atrocidad de su crimen.
Cuando mató a Hélène, los ojos de la fotógrafa se quedaron abiertos y reflejaron en su vacío el rostro de ese asesino que, como en una de las novelas de Julio Verne, jamás podría escapar del horror.
Antes de que se celebrara el juicio, Fisher se colgó en la prisión de Fresnes.
La novela Estás en mis ojos (editorial Destino, 2025) habla de su historia, de la historia de un amor y de una fotógrafa pionera, de cómo el amor se convierte en odio, de cómo se ensucian con los años las lentes con las que miramos el mundo y empezamos a cambiar la belleza por la destrucción.
En esta novela, se mezclan la vida de Hélène Roger con la de Isabel Santolaria, la detective que investigará su crimen y que, muchos años más tarde reconvertida a escritora, elaborará sus memorias para que comprendamos el dolor de una mujer que supo mirar más allá de la luz.
Una historia apasionante donde la vida y la muerte se dan la mano y la fotografía se convierte en un dócil animal que saca su lengua para lamer el dolor y ayudarnos a mantener viva la memoria.
Todas las fotos de Hélène Roger-Viollet proceden de la página web de la Agencia Roger-Viollet.
Ficha de la novela ‘Estás en mis ojos’ en la web de la editorial Destino.
La novela ‘Estás en mis ojos’ en formato audiolibro (y narrado por su autora).

