Cómo autoeditar un fotolibro y no morir en el intento

Antes de empezar, quiero decirte que esto no es un tutorial, es más una historia.

Como todo fanático de la fotografía analógica, siempre ando con una camarita cargada. Nunca sabes qué te puede aparecer en el camino al trabajo o en ese lugar de moda que te recomendaron en redes.

Entre esas vueltas, una tarde me puse a revisar mi carpeta de escaneos y me llevé una sorpresa: miles y miles de fotos. Un montón.

Obviamente no todas están para exponer, mandar a concursos o subir a Instagram para sacar tres likes con el hashtag #Filmisnotdead. Pero ahí me quedó dando vueltas la idea de probar. Ver qué pasaba si me tiraba a la piscina y autoeditaba un fotolibro, sin expectativas grandes, ni comerciales ni de fama. Seamos honestos, de esos tres likes, uno siempre es de mi mamá.

Abrí Lightroom, arrastré todo y empecé. Una por una, año tras año, clasificando hasta llegar a unas 500 fotos. Después, con ayuda de ojos externos, bajé la selección a 56. Un número medio arbitrario, pero que se sentía suficiente. Y ahí apareció la siguiente pregunta: ¿cómo se arma un fotolibro?

Un par de tutoriales en YouTube para entender InDesign, harta prueba y error, y un trasnoche con café casi quemado, y de a poco empezó a tomar forma algo que ya parecía una revista.

No sé si fue hiperfoco u obsesión, pero en una semana ya tenía el PDF listo. Ajusté gastos, cotizando imprentas, haciendo números, y dije ya, me lanzo, imprimamos 50 copias. Una bebida menos al día y esto se paga solo.

Así nació DuranVisual, mi primer fotolibro. Una especie de antología de fotos que he ido tomando, divididas entre retrato y fotografía callejera. Una prueba de concepto que funcionó simplemente porque la hice.

No se imaginan la alegría cuando llegó la caja con los libros. Ese momento paga todo. Y en medio de eso, una amiga me dio la idea de hacer un lanzamiento. ¿Un lanzamiento? Pensé que no iba a ir nadie.

Moví algunos contactos, arrendé un espacio por una noche, compré una caja de vino, frutos secos y quesos en oferta, y de pronto estaba ahí, frente a gente, contando un proceso que había empezado hace menos de un mes. Todo pasó tan rápido que todavía me cuesta creerlo.

Al final fue eso. No lo pensé tanto, solo me atreví y autoedité mi primer fotolibro. Me sirvió para aprender lo básico y también para darme cuenta de que quiero hacer algo más grande, un proyecto con un hilo claro, que se sostenga y se cierre por sí solo.

Escribo esto más que nada para decirte que te atrevas. Uno acumula fotos sin darse cuenta, pero cuando las ves dialogando entre sí, con la mirada de amigos, editores u otros fotógrafos, empiezan a tomar vida. Y verlas impresas, en algo físico, cambia todo.

A publicar se ha dicho.

Camilo Durán

Fotógrafo apasionado por la fotografía analógica, también genero reels con #historiasanalogicas en mi Instagram, desde Chile al mundo mostrando mi pasión.

Anterior
Anterior

8 recomendaciones de libros ‘fotográficos’ para Sant Jordi

Siguiente
Siguiente

Mis 5 mejores… En el concierto de Sanguijuelas del Guadiana