Mantener la chispa del amor a la fotografía
Dicen que fue Oscar Wilde quien dijo: "Ten cuidado con lo que deseas, se puede convertir en realidad". Fuese él quien lo dijera o no, lo cierto es que es una frase que encierra una gran sabiduría.
Pasas toda tu vida soñando con ser fotógrafo, y un día echas la vista atrás y te das cuenta de que lo has conseguido: eres fotógrafo, viajas constantemente haciendo lo que más te gusta y encima, te pagan por ello.
No puedo quejarme de mi trabajo; me parece casi ofensivo, teniendo en cuenta que mucha gente trabaja en cosas que no les hacen felices o que incluso detestan. Sin embargo, vivir de la fotografía ha tenido para mí un efecto secundario inesperado: momentos en los que pierdo la pasión y el amor por lo que hago. Esto no solo es una lástima a nivel personal, sino que también se refleja en la calidad del trabajo. En las disciplinas artísticas, estar motivado con lo que haces es fundamental para dar lo mejor de ti.
Por suerte, en estos momentos, la fotografía analógica logra que me enamore nuevamente de este arte.
Cansado de disparar cientos de fotos en un día, de cargar a la espalda dos cuerpos de cámara, lentes, portátil, flashes… Llevar una sola cámara de carrete, pensar cada foto, disfrutar de cada clic, del sonido de la cámara al pasar la película, del olor de los químicos en el laboratorio… Todo esto me devuelve la paz. Es la terapia que me permite amar de nuevo mi trabajo.
Tengo una preciosa colección de cámaras de carrete, tanto de 35 mm como de formato medio: Yashica Fx3, Fx3 2000, Fed 2, Fed 5, Canon Eos1, Cosina CT1, Kodak Retinette, Zenit E, entre otras. Podría decirse que tengo “una cámara para cada ocasión”. Pero, sin ninguna duda, la que mejor cumple esa función terapéutica es la Yashica Mat-124, una preciosa cámara TLR de formato medio.
No sé ni por dónde empezar a describir lo que es trabajar con esta cámara. Así que comenzaré por decir que, ante todo, es una cámara hermosa: tiene una estética que te traslada a otro tiempo, robusta pero discreta gracias a su visor de cintura.
Como todas las Yashica, es una cámara sencilla y fiable. Sí bien es cierto que, al tener más de 50 años, no le viene mal un mantenimiento ocasional para mantenerse en óptimo estado.
El formato medio ofrece una calidad enorme, con un negativo espectacular, pero esa no es la razón principal para usar estas cámaras. Al fin y al cabo, si buscara solo calidad, la Canon R5 con la que trabajo a diario me la proporciona. Con las cámaras de carrete busco algo más: busco una experiencia de usuario.
Esa experiencia comienza con la limitación en el número de fotos que puedes tomar. Aunque siempre llevo carretes de sobra por si acaso, me encanta obligarme a pensar cada foto, a tomarme mi tiempo, mirar por el visor, medir la luz, encuadrar y no disparar salvo que esté convencido de que la foto refleja lo que siento en ese momento.
Ilford FP4
Ilford HP5
Ilford HP5
Ilford FP4
Ilford FP4
Ilford FP4
Ilford HP5
Ilford HP5
Kosmo Mono
He de confesar que, a veces, me hago trampas a mí mismo y también llevo la FX3 de 35mm para capturar esas fotos más “de morralla” que no quiero perder… Pero estoy convencido de que la limitación autoimpuesta produce mejores fotografías.
Argenti Noa Noa
Argenti Noa Noa
Ilford FP4
Ilford FP4
Argenti Noa Noa
Argenti Noa Noa
Lo mismo ocurre con la óptica: el objetivo de 80 mm de esta TLR es otra bendita limitación que me obliga a ser más creativo. Para el trabajo diario necesito versatilidad y uso objetivos zoom, pero las ópticas fijas no solo ofrecen mejor calidad, sino que te obligan a buscar nuevos puntos de vista, moverte más y, en definitiva, ser más creativo.
El visor de cintura, con su inversión lateral, convierte cada fotografía en un juego: requiere calma, invita a pensar. Además, su cristal esmerilado genera imágenes de una belleza extrema; puedo pasar la tarde mirando por el visor, simplemente disfrutando de cómo se ve el mundo a través de esta preciosa máquina del tiempo.
En pocas palabras, la fotografía analógica me transporta a otro tiempo, donde la vida tenía otros ritmos y prioridades. A un mundo donde vale más una imagen bella y con un sentido personal que cien imágenes mediocres que cumplen su función, pero no dicen nada especial.

