La cámara perdida
— Papá, ¿me dejas la cámara?
— No, eres muy pequeña y la puedes romper. Cuando seas mayor.
Pero apenas había cumplido diez años cuando ya no pudo repetírmelo más.
— Mamá, ¿me dejas la cámara de papá?
— No, es un recuerdo suyo y no quiero que la rompas.
Tanto insistí que, a los doce años, mi madre me regaló una Kodak Ektra con carrete de 110.
Aquello no era lo mismo. No puedo recordar la marca de la de mi padre, pero sí su imponente funda negra de cuero, el brillo del metal, las ruedas, los botones, los anillos, el ritual de poner el carrete… Nada que ver con ella.
— Mamá, tengo ya una edad, llevo dos años estudiando fotografía, ¿me puedes dejar de una vez la cámara de papá?
— No te lo vas a creer, hija, pero no la encuentro… Debió perderse en la mudanza.
Y así fue cómo me convertí en una acaparadora de cámaras analógicas; coleccionista, creo que le llaman (y un poco síndrome de Diógenes). Quizá, en el fondo, aún estoy buscando la cámara de mi padre.
El regreso al cuarto oscuro y la lentitud elegida
De paso, conocí el cuarto oscuro, la magia de la luz, entré en una asociación fotográfica, di algún curso de fotografía a niños y adolescentes, hice algunas exposiciones, me cansé de lo digital, volví al laboratorio y desde hace unos años, me quedé allí.
Saber que sales de casa con un número determinado de disparos, que tienes que elegir muy bien lo que quieres hacer, que lo que salga depende solo de ti y, como mucho, de un fotómetro o un telémetro que suelen estar descalibrados, es volver a la fotografía con mayúsculas. No por los resultados, porque posiblemente sean mucho mejores con una digital y un buen procesado en Photoshop, sino por el ritual. La abstracción, la lentitud, el click del disparador, el golpe del espejo (si procede), la aventura y el desconcierto cuando tienes una cámara, un fuelle, un artilugio extraño o incluso una caja de zapatos entre las manos... Eso no te lo da una cámara digital.
Una de las cosas que más me aburre en este mundo es volcar las fotos al ordenador y borrar cientos y cientos. En analógico, solo positivo los negativos que me gustan, pero los conservo todos: son historia, son mi historia. El positivado continúa con la magia que empezó cuando te peleabas por colocar el carrete correctamente. Fuera luces, dentro música, manos preparadas para bailar, químicos en su punto… Empieza la acción.
Nada en fotografía puede superar al momento de ver aparecer la imagen: has conseguido inmortalizar un presente, porque el presente solo existe en las fotografías.
Objetos con alma e historia
Para llegar ahí, has necesitado una máquina que no ha nacido por generación espontánea. Detrás de cada una, hay personas: técnicos, diseñadores, ingenieros ópticos, expertos en fotónica, montadores, hasta costureras y guarnicioneros. Y, sobre todo, tienen una historia detrás; a veces trágica, a veces de espías, a veces divertida y, principalmente, suele ser una historia de pasión.
A menudo, he invitado a la gente de mi entorno a ver mi colección. Apenas venía nadie a visitarla, lo que me daba cierta pena, porque estos objetos solo me tienen a mí para cuidarlos, investigar sobre ellos, limpiarlos, restaurarlos, "repararlos", sacarlos de paseo y, sí, mimarlos. Bueno, también tienen a mi familia, pero mejor de eso no hablamos… No sé qué me dicen siempre del espacio y de que hay cámaras por todas partes.
De la estantería a la pantalla: El homenaje en tres minutos
Un día, decidí que las daría a conocer. A día de hoy son casi 300 piezas y forman una parte muy importante de la Historia. Merecen ser conocidas. Así que, si Mahoma no va a la montaña…Pues vídeos de tres minutos en Instagram. En ese breve espacio de tiempo, tengo que explicar lo esencial, lo chocante, lo anecdótico, lo histórico y lo característico de cada una de ellas para presentarlas en sociedad. Solo les quiero hacer un homenaje.
No busco nada pero, en realidad, he encontrado muchísimo: historias emocionantes detrás de los objetos que muestro, agradecimientos que no merezco, nuevos conocimientos y, además, gente maravillosa que comparte esta misma pasión y afición. (También algún hater, pero qué divertidos son).
En fin, he visto cosas que no creeríais, cámaras que caben en un mechero, he visto otras que cambian la velocidad al girarlas, cajas de cartón que hacen fotos fantásticas… Y, gracias a los coleccionistas como yo, todos esos objetos no se perderán como lágrimas en la lluvia…
¿De qué me suena eso?

