Diarios del Pirineo Ep 2 - Carretes: Ultramax 400 y CineStill 400D

El segundo episodio de Diarios del Pirineo comienza justo después de comer y de recoger la tienda de campaña. Si recordáis, el día había amanecido muy encapotado, pero poco a poco las nubes estaban dejando paso al cielo azul.

Justo antes de salir en coche, cargo el primero de los tres rollos de Ultramax 400 que llevaba. Como podréis ir viendo a lo largo de esta serie, todos los carretes que llevé al Pirineo son en color y, sobre todo, tienen una sensibilidad bastante versátil. En cualquier caso, no llevaba conmigo ninguna película de ISO 800 o superior, por lo que la Ultramax me pareció la mejor opción para las condiciones que íbamos a encontrar en el valle de Ordesa antes de la salida del sol.

En efecto, nuestro siguiente destino no es otro que el Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido.

Como podéis ver en el episodio, durante la salida del valle pirenaico donde transcurrió la primera parte del viaje voy haciendo algunas paradas para fotografiar el cañón. Por cuestiones de agilidad, terminé haciendo todas esas fotografías en digital. Pero, como aquí vengo a enseñaros los carretes, tenemos que esperar hasta casi mi llegada al valle de Broto, donde pasaríamos la noche.

En uno de los pueblos anteriores a Torla me encontré con una iglesia que me llamó bastante la atención y que mereció una parada en el camino.

La primera fotografía está tomada desde un punto situado un poco más allá del poste de la luz que aparece en la segunda. En primer plano debería verse la carretera que venía recorriendo, sin embargo, la parte no velada del carrete llegaba hasta ahí.

Como podéis ver, sigo disparando con el 24 mm, un gran angular que, incluso en este caso, se me queda algo estrecho.

Ordesa en penumbra

Las siguientes fotografías corresponden ya a la zona protegida del propio Parque Nacional.

Aunque me habría gustado llevar todo el equipo hasta el refugio de Góriz, decidí dejar atrás el 105 mm f/2.5 por ser el objetivo más pesado. Es bastante material el que dejo, pero, aun así, la mochila que me tocó cargar pesaba 14 kg.

Para la fotografía analógica llevo el trípode, el cable disparador, diferentes filtros, la Nikkormat FT2, el 24 mm f/2.8 y el 50 mm f/1.8. En realidad, todas las fotografías de este episodio vuelven a estar tomadas con el 24 mm, pero, como el 50 mm pesa realmente poco, merecía la pena llevarlo.

El valle de Ordesa está atravesado por el río Arazas y se extiende de oeste a este. En un primer tramo presenta una ligera orientación hacia el sur, pero va girando hasta terminar en dirección norte. Sin embargo, al encontrarnos en un valle glaciar profundo justo a la salida del sol, la luz directa va a tardar bastante en alcanzarnos. Esto, unido al tupido bosque situado al comienzo de la pradera de Ordesa, hace que apenas contemos con iluminación. Incluso la Ultramax 400, disparando a máxima apertura, se queda corta.

La primera fotografía la tomo después de recorrer aproximadamente el primer kilómetro. El sol ilumina ya los márgenes superiores del fondo del valle. Aunque todavía no había demasiada luz, en el puente de madera, situado en el centro del valle y sin cobertura arbórea, la iluminación era suficiente. No llevaba prisa, pero tampoco quería soltar la mochila, sacar el trípode y montarlo todo sabiendo lo que aún me esperaba por delante.

En estas primeras fotografías podéis apreciar algunos rincones del precioso bosque de hayas que ocupa todo el comienzo del Parque Nacional. Algunas están, efectivamente, algo trepidadas, porque no disparé ninguna a más de 1/60 s.

Además de ser un antiguo valle glaciar, Ordesa está compuesto esencialmente por roca caliza (sí, como mi querida Sierra de Grazalema). El río Arazas continúa erosionando la roca por la que discurre, lo que ha favorecido la aparición de grutas subterráneas e imponentes cascadas.

La primera fotografía corresponde a la cascada de la Cueva. Hasta donde yo sé, no existe un acceso o un ángulo mucho mejor desde el que fotografiarla. Aproveché la vegetación para enmarcarla y, sin más, disparé.

En esta parte del trayecto empezamos a ascender con mayor pendiente y poco a poco vamos ganando iluminación. Es en el último de estos saltos de agua, situados relativamente cerca unos de otros, donde los rayos de sol comienzan a asomarse por el borde superior desde el que cae el agua.

Después de una primera toma, observé cómo un rayo de luz, filtrado por las hojas de los árboles, iluminaba la repisa que aparece en primer plano a la izquierda. Sin dudarlo, hice una segunda fotografía que, a mi parecer, funciona mejor porque equilibra el peso de los distintos elementos.

Ordesa se ilumina

Estas fotografías corresponden al último tramo de bosque que me separaba del valle abierto. Esta sección no solo se encontraba a mayor altitud, sino que además presentaba una orientación mucho más marcada de este a oeste. Esto, unido a la ausencia total de nubes en aquel momento, hizo que la luz comenzara a penetrar con fuerza en el bosque.

Lo menciono en el episodio, pero me parece tan llamativo que quiero desarrollarlo un poco más aquí. Me fascina cómo la película representa los contrastes de luz que aparecen en el bosque.

La fotografía de naturaleza es probablemente la que más practico, por lo que no es nada extraño para mí disparar desde un bosque a plena luz del día. Siempre me ha resultado relativamente problemático porque, cuando los rayos de sol penetran entre la vegetación, generan contrastes muy intensos que distraen la atención. Todo se vuelve muy desordenado y recargado. Al menos, en digital. Es un problema con el que después hay que lidiar durante la postproducción.

Aquí, sin embargo, la película se comporta de una manera muy diferente a la que yo había experimentado hasta ahora. Puede que también influya que todavía no estuviéramos en las horas centrales del día, pero ya os digo que las fotografías que hice con mi Nikon Z8 no transmiten lo mismo.

Y aquí comenzamos a salir del bosque: primero aparecen algunos claros y, finalmente, quedamos completamente al descubierto.

Sin la cobertura de los árboles, el sol empieza a picar un poco, pero podemos contemplar de manera espectacular cómo se yerguen las paredes de la cara sur del valle. No hay ni una sola nube, y eso no me gusta un pelo, pero es lo que hay.

Pasamos las gradas de Soaso y encaramos el último tramo del valle.

Esta última parte, ya completamente desprovista de árboles, se me hizo algo desesperante. Por un lado, el madrugón me había permitido caminar con bastante tranquilidad durante las primeras horas, pero a estas alturas el camino era ya una auténtica peregrinación. Además, habíamos llegado a esta zona justo en las horas centrales del día.

Había confiado en encontrar algo de sombra al llegar a la Cola de Caballo, pero ya os adelanto que no había prácticamente nada. Los pocos recovecos protegidos del sol estaban ocupados, así que me tuve que comer mi bocata improvisado bajo la mirada del astro rey. Y demos gracias a que la temperatura ambiente no era excesivamente alta.

Por eso, estas fotografías son prácticamente testimoniales. Las hice porque pasé por allí, pero no era el momento adecuado. Total, al día siguiente volvería a recorrer el mismo lugar.

Algo diferentes son las composiciones de la cascada que encontré después de abandonar el camino principal y comenzar el ascenso hacia el refugio. Aun así, teníamos que trabajar con la luz disponible y, a mi parecer, no quedó nada especialmente destacable.

A partir de aquí empezamos a observar un cambio importante. Estas fotografías están tomadas entre una y dos horas después de mi llegada al refugio de Góriz, situado a unos 2200 metros de altitud.

Del mismo modo que se había cumplido el pronóstico de cielos despejados, también llegó el aumento de nubosidad previsto para la caída de la tarde. Esto, unido a la mejora de la luz, cambió por completo la perspectiva del día.

Soltar la mochila, merendar y descansar un rato también fue esencial para comenzar a verlo todo con mucha mayor claridad, aunque el cansancio acumulado durante la subida seguía afectándome.

Con el cielo ya bastante cubierto, llegamos al final del carrete de Ultramax. Es entonces cuando llega la hora de la cena en el refugio. Sin embargo, allí se suele cenar bastante temprano, por lo que todavía nos quedaba un último intento para fotografiar antes de irnos a la cama. Y vaya si lo tuvimos.

CineStill 400D

Termino de pasar un rato muy agradable con el resto de las personas del refugio. La energía y el compañerismo en la montaña suelen ser una constante que merece la pena experimentar y practicar.

Salgo al exterior algo apurado, pues desde un rato antes ya podía ver que las cosas se estaban poniendo aún más interesantes. Sin dudarlo, cargo el carrete de CineStill 400D, esperando que la película cinematográfica (Kodak Vision3 250D sin la capa remjet) me ofrezca los excelentes resultados que acostumbra en la representación del color y, quizá, algún que otro halo provocado por el contraste entre las luces del atardecer y las nubes que coronan el macizo kárstico.

En estas primeras fotografías todavía me encuentro buscando composiciones. Mira que había tenido tiempo, pero lo cierto es que no lo había meditado demasiado. Como podéis ver, el sol ya ni siquiera ilumina las lomas superiores del macizo.

He salido en chanclas, así que, como comprenderéis, no voy a ir demasiado lejos. A esta hora empieza a refrescar, pero aun así me alejo del refugio para tener una vista mejor del collado de Millaris y del pico Taillón, que en ese momento se encuentra cubierto por las nubes. El contraluz que se forma en este lugar es, a mi parecer, el punto más interesante de la escena.

Os dejo ahora la secuencia completa de fotografías que pude hacer desde este rincón tan privilegiado. Una secuencia tomada durante unos cuarenta minutos que disfruté en absoluta soledad y calma, sentado sobre el pasto.

Delante de mí, los cúmulos formados por los movimientos del aire en la cara de barlovento se fueron disipando poco a poco. A mi derecha, el refugio, pese a tener un tamaño bastante considerable, palidecía ante la inmensidad de dos de las Tres Sorores: el Cilindro de Marboré y Monte Perdido.

Y hasta aquí este segundo episodio, que, como podéis ver, termina a mitad del carrete. Estoy deseando mostraros todo lo que queda de este y del siguiente, y contaros lo ocurrido durante la bajada por Ordesa, en un día con una luz muy diferente.

Os dejo con la última fotografía que hice antes de entrar en el refugio para dormir.

¡Un abrazo!

Parvec

Artista audiovisual andaluz, creador y divulgador sobre fotografía y cultura audiovisual en YouTube. En general, me interesa el conocimiento en todas sus formas y cómo distintas disciplinas pueden cruzarse para ampliar nuestra manera de observar y entender el mundo.

https://www.youtube.com/@parvec
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