La felicidad se parece a una fotografía
Mar del Plata, en la costa atlántica argentina, es una ciudad balnearia que desde fines del siglo XIX y hasta mediados de la centuria siguiente, al calor de cada verano, quedó glorificada por centenares de fotógrafos. La colección de postales de la Galería Fotográfica (curada por Guillermo Franco), da vida eterna a todos aquellos entusiasmos tan pasajeros como inolvidables.
“¿Que si soy feliz? La verdad es que no creo que la felicidad sea un ‘estado’ del ser humano. La infelicidad puede serlo, pero la felicidad es, por naturaleza, un instante. El instante puede durar unos segundos, un minuto, una hora, un día y una noche, pero no creo que pueda llegar a durar nunca una semana entera. La infelicidad suele parecerse a una novela larga. La felicidad se parece más a una fotografía”
Se lo dijo John Berger a Martine Franck, y aquí están estas postales estivales para demostrarlo. La colección de veranos marplatenses -según la Galería Fotográfica- es un compendio de alegrías, júbilos y regocijos. Placeres, euforias y diversiones. Entusiasmos, orgullos y dichas. ¡Un mundo de (gozosas) sensaciones! Fugaces, sí, ya desvanecidas, también; pero inmortalizadas por obra y gracia de (¿quiénes si no?) los magos de la luz, nuestros argentos Daguerre y Niépce, esos de tantos sueños perpetuados.
Lo que el viento se llevó, las olas arrastraron, las arenas taparon; ilusiones y fantasías de todas las clases sociales en la perla del Atlántico Sur, los fotógrafos del pasado se han encargado -desde ramblas y playas- de traer al presente y proyectar a futuro. Hay vida (instantáneas) más allá de la muerte, sí, y ‘La Feliz’ -como se le conoce popularmente a Mar del Plata- parece haber sido (y seguir siendo) el epicentro nacional de una eternidad soñada, la más venturosa.
Lo dice la canción de Juan & Juan: ¡Qué lindo es estar en Mar del Plata! / En alpargatas, en alpargatas / Felices y bailando en una pata / ¡En Mar del Plata soy feliz!
Deme todas
“El nacimiento de la postal fotográfica se debió a la influencia de varios factores: la aparición de nuevas y prácticas cámaras de mano, especialmente norteamericanas y alemanas, la fabricación de negativos en forma industrial y el surgimiento de los papeles a la gelatina de plata que se adaptaron al formato universal de 9 x 14 cm. Se trataba de superficies sensibilizadas al frente, con el dorso ya impreso, que respetaban las características dictadas por la Unión Postal Universal para el envío de cartas mínimas con franqueo reducido y exentas de la utilización de sobres. Esa posibilidad de contar con una imagen propia para compartir por poco dinero -o simplemente conservar de recuerdo- fue la base de un negocio muy exitoso, que duró varias décadas. Los veraneantes circulaban por los locales al final del día y compraban más de una toma”

